Hoy en día millones de personas consumen omeprazol. Mucha gente lo toma de manera rutinaria, casi por costumbre; otros lo toman como si fuera un dulce, una pastilla inofensiva que se compra en cualquier farmacia sin receta. Se sienten mal del estómago, sin importar la causa, y se lo toman.
Pero ningún medicamento es inocuo.
Hace poco llegó a mi consulta una paciente con una historia de consumo de omeprazol de más de 20 años. En todo ese tiempo nadie le había preguntado si de verdad lo necesitaba. Hoy tiene osteoporosis, muchos pólipos en el estómago y un riesgo cardiovascular mayor al que probablemente tendría si nunca lo hubiera tomado a diario. Lo más llamativo es que el omeprazol ni siquiera fue el motivo de su visita; salió en la conversación casi de pasada, como sale siempre. "Ah, y también tomo mi omeprazol".
El omeprazol es un medicamento de la familia de los inhibidores de la bomba de protones, los IBP. A esta familia pertenecen también el esomeprazol, el pantoprazol, el lansoprazol y varios más. En la práctica son primos muy cercanos, y comparten tanto los beneficios como los riesgos.
Su efecto es reducir de forma muy potente la producción de ácido en el estómago. Las células que recubren el estómago tienen una especie de bomba encargada de fabricar ese ácido, y el omeprazol la apaga. Por eso funciona tan bien cuando el ácido es el problema, y por eso no hace absolutamente nada cuando el problema es otro.
Está indicado para enfermedades en las que el ácido es el culpable, como el reflujo, las úlceras del estómago o del duodeno, la inflamación del esófago, o como parte del tratamiento para erradicar la bacteria Helicobacter pylori. También se usa para proteger el estómago de personas que necesitan tomar antiinflamatorios por periodos prolongados.
Desafortunadamente, en México se usa para casi cualquier molestia digestiva. Lo veo todos los días; personas con síntomas de intestino irritable, con problemas de la vesícula o con cólicos que llevan meses tomando omeprazol, cuando en esas condiciones el ácido no juega ningún papel y el medicamento no tiene acción alguna. La molestia sigue ahí, la causa real sigue sin diagnóstico, y la pastilla se vuelve parte del ritual de cada mañana.
Como decía, ni el omeprazol ni sus primos están exentos de efectos adversos.
Los más comunes son molestias menores y pasajeras, como dolor de cabeza, diarrea, náusea, dolor abdominal, estreñimiento y gases. Si el medicamento se toma por unas cuantas semanas y con una indicación correcta, rara vez pasa de ahí.
El problema real aparece con el uso prolongado, y tiene lógica si se piensa un momento. El ácido del estómago no está ahí de adorno; ayuda a absorber nutrientes como el calcio, el magnesio, el hierro y la vitamina B12, y es la primera barrera de defensa contra las bacterias que entran con los alimentos. Cuando se apaga esa función durante años, el cuerpo cobra la factura por otro lado.
La absorción deficiente de calcio debilita los huesos y aumenta el riesgo de osteoporosis y de fracturas, sobre todo de cadera, muñeca y columna. La falta de vitamina B12 produce anemia, fatiga, hormigueo en manos y pies y hasta problemas de memoria. El magnesio bajo puede causar calambres y alteraciones del ritmo del corazón. Con los años también pueden aparecer pólipos en el estómago; suelen ser benignos, pero obligan a hacer endoscopias de vigilancia, y cuando son muchos, como en el caso de mi paciente, la vigilancia se vuelve un asunto serio. Al perder la barrera del ácido aumenta además el riesgo de infecciones intestinales, algunas tan agresivas como la causada por Clostridioides difficile. Hay también casos de daño en los riñones, y un efecto poco conocido en la piel, manchas y lesiones rojizas que aparecen sobre todo en zonas expuestas al sol, una forma de lupus cutáneo inducido por el medicamento.
Sobre el riesgo de infarto conviene ser honesto. Algunos estudios han encontrado que quienes toman estos medicamentos por mucho tiempo tienen más eventos cardiovasculares, aunque esa evidencia es menos sólida que la de los huesos o los pólipos. El riesgo existe y no se puede descartar, pero si algo debería quitarle el sueño a alguien que lleva 20 años con omeprazol, primero son sus huesos y su estómago.
De manera práctica, dejando a un lado los tecnicismos, esto se traduce en cosas muy concretas. Una fractura de cadera a los 70 años que pudo no ocurrir. Un cansancio y una falta de concentración que se atribuyen a la edad cuando en realidad son falta de B12. Endoscopias cada cierto tiempo para vigilar pólipos que no existirían. Y algo que veo con frecuencia, la imposibilidad de dejar la pastilla; al suspenderla de golpe, el estómago rebota produciendo más ácido que antes, la persona se siente peor y concluye que el medicamento le es indispensable, cuando en realidad es el efecto de la retirada.
El problema no es la pastilla, es tomarla por años sin que nadie se pregunte si sigue siendo necesaria.
Nada de esto significa que el omeprazol sea un mal medicamento. Bien indicado es útil, seguro y en algunos casos indispensable. El problema no es la pastilla, es tomarla por años sin que nadie se pregunte si sigue siendo necesaria.
Si una persona lleva meses o años consumiendo estos medicamentos, sin duda vale la pena una valoración para revisar si realmente los necesita, en qué dosis, o qué otras opciones existen. Es una conversación que tengo seguido en consulta, y con más frecuencia de la que se imaginan termina en una buena noticia; muchas veces la pastilla de todos los días se puede reducir, sustituir o retirar. El estómago, cuando se atiende la causa real, suele agradecerlo.
¿Llevas años tomando omeprazol? Agenda una valoración para revisar si todavía lo necesitas, en qué dosis, o qué otras opciones tienes.